'El sueño de Iñaki'

 

 

El nuevo reto solidario, 'El sueño de Iñaki', va a ser el 12-13-14 de Julio en el ultratrail Ehunmilak, de 168 kilómetros de distancia, y 11.000 metros de desnivel positivos.

En esta ocasión, nuestra ayuda va a ir destinada a colaborar con la Fundación SOS Himalaya, que actualmente está recaudando  dinero para construir un hospital en el Valle del Makalu, en Nepal, que es el 14º país más pobre del mundo.

 

 Os propongo apadrinar los kilómetros que realizaré en el ultratrail EhunMilak, 168 kilómetros de distancia, desde el primero hasta la meta, y yo me comprometo a hacer el mayor de los esfuerzos, primero para entrenarlo, y acabarlo.

Es un apadrinamiento virtual, una forma de ayudar diferente, para de esta manera, entre mi esfuerzo y vuestra colaboración apadrinando los kilómetros, sumaremos granito a granito, ayuda para sumar fuerzas para cumplir el sueño de Iñaki Ochoa de Olza, construir un hospital en el Valle del Makalu, en Nepal. el 14º país más pobre del mundo.

 

Diariamente actualizaré los Kilometros apadrinados con el nombre de las personas que los compren. Se podrán apadrinar los Kilometros hasta el 10 de Julio a las 9:00 AM. COMIENZO EL 1 DE ABRIL

A partir de esa fecha dejaré unos días abierto el plazo, pudiendo ingresar solo a la opción META.

Estaría genial que los kilómetros se apadrinasen con un mínimo de 10€ (sin tope máximo ;) ), pero cualquier colaboración y aportación será bienvenida.

Sería importante intentar apadrinar todos los kilómetros, intentando no repetir entre varias personas algún kilómetro, y dejando libres otros. Ojalá todos se llene y tengamos que repetir.


Conoce a Iñaki y su legado

 

Este es el proyecto de Iñaki Ochoa de Olza que tras 20 años recorriendo las laderas y cumbres del Himalaya quiso devolver lo que había recibido de las gentes y pueblos que habitan esa cordillera tratando de mejorar sus vidas.

Iñaki comenzó a hablar del proyecto en 2006. Se sentía en deuda y profundamente agradecido a aquellas tierras remotas de Asia y, en especial, a los niños. A ellos precisamente quería devolverles al menos algo de lo que él había recibido a lo largo de tantas expediciones al Himalaya.

En aquellos viajes Iñaki tuvo un contacto cercano con las gentes del lugar y tuvo la ocasión de conocer a esos niños de sonrisa fácil y pocos o ningún recurso económico en sus hogares. Niños austeros por necesidad y con obligaciones impropias para su edad. En cambio, niños abundantes de una felicidad que en occidente cuesta comprender. Iñaki era un hombre austero y generoso que sabía mirar a los niños.

Bautizó su proyecto como SOS HIMALAYA, un proyecto humanitario y a la vez deportivo que pensaba hacer realidad a la vuelta del Annapurna. Iría de Pamplona a Katmandú en bicicleta, aproximadamente 3 meses hasta llegar al Everest. Lo subiría sin oxígeno y regresaría a Pamplona corriendo. En total, un año de actividad física. “La idea no es hacerme famoso -explicaba -sino empezar a devolver a los niños de Asia lo mucho que me han dado en forma de aprendizaje. Quiero llamar la atención sobre sus necesidades y recaudar dinero para cubrirlas.

 

El proyecto solidario soñado del montañero pamplonés fue truncado por su muerte. Iñaki falleció a 7400 m. de altitud en una expedición en la cara sur Annapurna el 23 de mayo de 2008, durante el intento de ascensión de su 13º ochomil tras un fallido intento de rescate épico y sin precedentes en el que colaboraron sherpas, amigos y alpinistas internacionales de élite, gobiernos, embajadas, consulados e instituciones de España y Nepal de modo totalmente altruista.

 

Ahora y desde 2008 su familia y amigos seguimos luchando por llevar a los pueblos del Himalaya la ayuda que podemos, especialmente, a quienes más la necesitan, los niños. Nuestro actual proyecto es el mayor hasta la fecha: terminar el Hospital de Sedwua en el Valle del Makalu y ponerlo en funcionamiento para dar cobertura sanitaria a una población de hasta 40.000 habitantes que actualmente no tiene asistencia medica alguna.

 

Más info https://www.facebook.com/pg/SOSHimalaya/about/?ref=page_internal


Todos los que hemos llorado y se nos ha emocionado el alma al ver el reportaje del rescate de Iñaki,

tenemos un deber moral de colaborar con su legado, para que siga siendo eterno


Ladrones de altura

(Columna publicada en el número 9 de CampoBase). Noviembre 2.004. Iñaki Ochoa de Olza.

 

Escalar en el Tíbet es una de las experiencias más enriquecedoras que uno pueda tener en su vida. La invasión china de los años 50 ha cambiado poco la situación, al menos en apariencia. Se pasó de una sociedad feudal dominada por los lamas a una violenta dictadura militarizada dirigida desde Pekín. Pero los tibetanos seminómadas del altiplano son la gente más salvaje que se pueda imaginar, y el medio que les rodea es el menos adecuado posible para la supervivencia humana. Ni todos los chinos del mundo podrían despojar al más humilde tibetano del tesoro que todos ellos alojan en su corazón: su infinita fe en el Dalai Lama y en su pronto regreso a la tierra del trono de los dioses.

 

Pero siendo un pueblo tan rico espiritualmente no pueden ser más pobres en la práctica. Comen un poco de harina de cebada, llamada Tsampa, beben algo de un té salado, al que cuesta acostumbrarse, y chupan pedazos de queso duro como el granito que sabe a cualquier cosa menos a queso. Su tienda de campaña es su casa, hoy aquí y mañana allí, que tiene el techo rajado para dejar salir el humo de las fogatas sobre las que cocinan, fuegos alimentados por boñigas de yak. Como no hay leña para quemar ni nadie puede cavar un hoyo, los muertos se descuartizan sobre una piedra y se dan de comer a los buitres. Allí la religión está presente en todas las facetas de la vida y no extraña mucho que crean en la reencarnación. Pero la necesidad es imperiosa y la visita de escaladores y viajeros equipados como extraterrestres supone una tentación difícil de rechazar por los pastores de yaks que conducen los bultos de las expediciones hasta los diferentes campos base. Utilizan técnicas increíblemente creativas para afanarte hasta los calzoncillos, si te descuidas.

 

Durante mi primer viaje por allí, en 1993, me quedé rezagado de la caravana de yaks que transportaban a regañadientes nuestros bártulos. Pude observar como uno de los tibetanos, que no se había percatado de mi presencia, rajaba con su cuchillo y sin el menor disimulo uno de nuestros petates e iba metiendo la mano dentro cada 10 minutos: sacaba latas de comida y las depositaba por el suelo, en sitios fácilmente reconocibles, supongo que con la idea clara de recogerlas a la bajada y variar su dieta. Me rompió el corazón recoger buena parte de su botín y guardarlo en mi mochila, pero andábamos justos y no podíamos permitirnos perder comida. El buen hombre aquel se sorprendió al verme sacar de mi mochila lo recuperado y pude ver en sus ojos una mirada de decepción que nunca olvidaré.

 

Por eso en mi siguiente viaje, algún año después, tomé medidas drásticas. Compré en Katmandú, antes de entrar en Tíbet, 25 o 30 kilos de comida extra variada, latas, galletas y algo de carne. Con ese saco de viandas me presenté ante el jefe de los yakeros y le dije que toda esa comida sería para ellos si ninguna de nuestras pertenencias se ‘volatilizaba’. Por descontado, nada desapareció de nuestro equipaje: aprendí que la compasión es la gran virtud que poseen los budistas, que me ensañaron que es mejor intentar comprender a tu ‘enemigo’ que convertirte en su antagonista. Después de entender eso, todo resulta más sencillo.

 

Fuente http://undiacomountigre.blogspot.com